VIII. Mandrax


El templo dilapidado respira el mármol sobre la boca sepulcral del ídolo tentado a esparcirse beatíficamente.


  El poeta provoca con acero desnudo el lento consumo de la ceniza en decadencia donde domina el naufragio supremo y único del mástil.



Por la neutralidad del abismo reconoces este museo de arcángeles disecados.


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