Cara de póquer

 Porque sin andar tiritando de frío las campanas también lloran (acto valeroso no reservado sólo/solo a la porosa-belleza de la pupila verde) el ínfimo 'cante jondo' que nos va quedando, debemos ser unos solitarios (“entre sueño y desengaño”) los que nos estremecemos ante la décima octava (elevada a ‘n’ repetidas veces un millón de años luz) ‘hecho’ gravado a fuego en el galope ‘desbocao’ de aquello que el sabio nominó bautismalmente como historia de la infamia.

Y, como, se preguntaba el maño estrangulándose la garganta y salpicándose la lengua…: “Ya somos más viejos y sinceros,/ y qué más da/ si miramos la laguna/ como llaman a la eternidad/de la ausencia”…: Hace siglos que ambiguos entes abstractos nos predicaron la verdad revelada: “noli me tangere”. Nosotros, pobres imbéciles-metecos expulsados de la divinidad, lo aceptamos como el corderito o el osito de azúcar. Nos sojuzgamos parcialmente; pues, en la bignonia-soberbia-estulticia-prepotencia del pícaro inferior, a ratos creímos manejar al antojo el navío bravo a través de la tormenta-perfecta-sin preciso ‘vento secundo’ (“vehementi satis profecti celeriter e conspectu terrae ablati sunt”). Y, claro, obvio como el agua estancada, nos la pegamos padre.

Ah, ¿sufrimos en el lodo del camino? Sabemos (“heridas por usar”) por el simulacro de la memoria que la coeternidad cursiva-cíclica empuja o acaricia azarosamente. Hoy, será todo el mejor día que sea; empero, no por ello, uno (poquito y flaquito) no pensará en los amigos ausentes ni en los caídos en el campo de batalla. Conservamos la cordura y la moral. Y, por último, qué dichoso poder vestir la camisa de tu mayor progenitor.

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