VII. Mandrax


Yo no soy el resto que dibuja el carmín de tus labios ni aquel extraño nombre que rumia tu alma sumisa.


  Hundirme en la delicia sutil del horror tras la frescura del crepúsculo latente se antoja un abandono apacible.



  Hasta el exilio inútil resplandece el vuelo de la transparencia.


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