IV. Sertralina



Estas pasiones de la servidumbre se confunden como un bastón para el corazón. Para la soledad,  delirio y osamenta. Ocurre, ciertamente, en la luz dañada del eco nocturno.



     Desordenadamente nuestros ojos están llenos de selva y son un manifiesto. El sudor cubre de tiempo los objetos de la habitación descomponiéndose, nombrando cada cosa, niebla a niebla golpeando de adjetivos los signos interrogativos de la pared. 


Tan distantes como el inicio de la relación se disgregan por las rendijas de los ojos desgarrados de cerraduras y raíces, pernoctando entre el oxidado y tenaz material del deseo.


Dime, ¿por qué no te animas levantarte y hacer la maleta y largarte?


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