Recuerdos de una noche
Se nos hacía tarde y tú ya te ibas. Bajábamos por Castellana
sublimando nuestros instintos de forma desaforada. Me dejaba llevar por ti. Tu
extracción popular te había regalado un buen olfato para moverte en el asfalto.
Hablábamos de
postmodernidad y del cine de Spielberg. Éramos pusilánimes en nuestro sarcasmo
porque el reparto de nuestras vidas no se hizo con actores sino con
monstruitos. Por eso me tolerabas mi desprecio a Lynch y yo tu fe ciega en Max
Wertheimer.
Me proponías ir en
peregrinación hasta Praga: tú para buscar tu unidimensionalidad y yo para
romper una canción. No nos mentíamos, éramos dos freaks.
Antes de llegar a
Rubén Darío el tráfico bullía a penas porque los peatones iban a sacar al perro
o volvían de la noche. Me insistías en la teoría del montaje ruso y ponías de
ejemplo toda Duel, la primera película de Spielberg.
Cuando nos despedíamos
nos topamos con una portada de El Mundo. Desvelaba su último descubrimiento
sobre el 11-M. Nos aproximábamos a las elecciones generales y el mayo madrileño
se nos antojaba frívolo ya. Ambos asistimos al horror. Sabíamos que la
liquidación de España exigía silencio.
Entonces te recité de
memoria aquellos versos de Gil de Biedma sobre la destrucción de las españas y
congelaste el gesto. Tomaste aire, volviste en ti. Te aproximaste y nos
abrazamos. Me besaste y, luego, me susurraste al oído: "eres mi rincón
favorito de Madrid".