Eva y Adán

 

No soportaba el lastre de mis zapatos

cuando apareciste dispuesta a cerrar un trato

que sorprendió a mi mánager, a mi nariz,

a mi pelo, al coágulo de sangre de mi cicatriz,

al cielo de mercurio recostado sobre mi gato

siamés y hasta a mi harapiento aspecto de nitrato

anfetamínico embutido en ese ligero tapiz

de crudo arlequín absurdo por desacato.