Donde nunca II
Delicadísimos hilos de plata ciegan nuestros tabiques
nasales. Nos entregamos absortos al movimiento sincopado de nuestras
pesadillas. Para amar hace falta ser un yonqui.
Un diluvio universal nos inunda la razón. Para cifrar nuestro
corazón un almuédano nos poesía.
Con el bronce más exquisitamente bruñido sobre la Tierra
renunciábamos a la vida más allá de cuatro paredes.
Nuestras vidas eran blancas. Nuestro amor era blanco. El
terror es blanco.